El tesoro escondido de la Santa Misa. San Leornardo de Porto-Maurizio
EXCELENCIA, NECESIDAD Y UTILIDADES DE LA
SANTA MISA
Artículo I EXCELENCIA
DEL SANTO SACRIFICIO DE LA MISA
1.
El
sacrificio de la Misa es igual al sacrificio de la Cruz
La principal excelencia del santo sacrificio de la Misa es que debe ser considerado como esencial y absolutamente el mismo que se ofreció sobre la cruz en la cima del Calvario, con esta sola diferencia: que el sacrificio de la cruz fue sangriento, y no se ofreció más que una vez, satisfaciendo plenamente el Hijo de Dios, con esta única oblación, por todos los pecados del mundo; mientras que el sacrificio del altar es un sacrificio incruento, que puede ser renovado infinitas veces, y que fue instituido para aplicar a cada uno en particular el precio universal que Jesucristo pagó sobre el Calvario por el rescate de todo el mundo. De esta manera, el sacrificio sangriento fue el medio de nuestra redención, y el sacrificio incruento nos da su posesión: el primero nos franquea el inagotable tesoro de los méritos infinitos de nuestro divino Salvador; el segundo nos facilita el uso de ellos poniéndolos en nuestras manos.
2.
El
santo sacrificio de la Misa tiene por principal sacerdote al mismo
Jesucristo.
Funciones del celebrante y de los asistentes
Es
indudable que en un sacrificio hay tres cosas que considerar: el sacerdote que
lo ofrece, la Víctima que ofrece, y la majestad de Aquél a quien se ofrece. He
aquí, pues, el maravilloso conjunto que nos presenta el santo sacrificio de la
Misa bajo estos tres puntos de vista. El sacerdote que lo ofrece es un
Hombre-Dios, Jesucristo; la víctima ofrecida es la vida de un Dios, y aquél a
quien se ofrece no es otro que Dios. Aviva, pues, tu fe, y reconoce en el
sacerdote celebrante la adorable persona de Nuestro Señor Jesucristo. Él es el
primer sacrificador, no solamente por haber instituido este sacrificio y
por-que le comunica toda su eficacia en virtud de sus méritos infinitos, sino
también por-que, en cada Misa, Él mismo se digna convertir el pan y el vino en
su Cuerpo y Sangre preciosísima. Ve, pues, cómo el privilegio más augusto de la
Santa Misa es el tener por sacerdote a un Dios hecho hombre. Cuando consideres
al sacerdote en el altar, ten presente que su dignidad principal consiste en
ser el ministro de este Sacerdote invisible y eterno, nuestro Redentor.
Pero
¿qué digo, asistiendo? Los que oyen la Santa Misa, no solamente desempeñan el
oficio de asistentes, sino también el de oferentes; así que con razón se les puede
llamar sacerdotes: Fecisti nos Deo nostro regnum, et sacerdotes6. El
celebrante es, en cierto modo, el ministro público de la Iglesia, pues obra en
nombre de todos: es el mediador de los fieles, y particularmente de los que
asisten a la Santa Misa, para con el Sacerdote invisible, que es Jesucristo
Nuestro Señor; y juntamente con Él, ofrece al Padre Eterno, en nombre de todos
y en el suyo, el precio infinito de la redención del género humano. Sin
embargo, no está solo en el ejercicio de este augusto misterio; con él
concurren a ofrecer el sacrificio todos los que asisten a la Santa Misa. Por
eso el celebrante al dirigirse a los asistentes, les dice: Orate, fratres: "Orad,
hermanos, para que mi sacrificio, que también es el vuestro, sea agradable a
Dios Padre todopoderoso". Por estas palabras nos da a entender que, aun
cuando él desempeña en el altar el principal papel de ministro visible, no
obstante todos los presentes hacen con él la ofrenda de la Víctima Santa.
3. El sacrificio de la Misa es el prodigio más asombroso de cuantos ha hecho la Omnipotencia divina
Artículo II
NECESIDAD DEL SANTO SACRIFICIO DE LA
MISA PARA APLACAR LA
IRA DE DIOS
¿Qué
sería del mundo si llegase a verse privado del sol? ¡Ay! No habría en él más
que tinieblas, espanto, esterilidad, miseria horrible. Y ¿qué sería de nosotros
faltando del mundo la Misa? ¡Ah! ¡desventurados de nosotros! Estaríamos
privados de todos los bienes, oprimidos con el peso de todos los males;
estaríamos expuestos a ser el blanco de todos los rayos de la ira de Dios.
¿Nuestras
ingratitudes serán hoy más excusables que lo eran en otros tiempos? No, por
cierto; antes al contrario, son mucho más criminales en razón de los inmensos
beneficios de que hemos sido colmados. La verdadera causa de esa clemencia
admirable por parte de Dios es la Santa Misa, en la que el Cordero sin mancha
se ofrece sin cesar al Eterno Padre como víctima expiatoria de los pecados del mundo.
He ahí el sol que llena de regocijo a la Santa Iglesia, que disipa las nubes y
deja el cielo sereno. He ahí el arco iris que apacigua las tempestades de la
justicia de Dios. Yo estoy firmemente persuadido de que sin la Santa Misa, el
mundo a la hora presente estaría ya abismado y hubiera desaparecido bajo el
inmenso peso de tantas iniquidades. El adorable Sacrificio del altar es la
columna poderosa que lo sostiene.
Articulo III
UTILIDADES OUE NOS PROPORCIONA EL SANTO
SACRIFICIO DE
LA MISA
1.
Nos
hace capaces de pagar todas las deudas que tenemos contraídas con Dios
Y he ahí lo que en realidad debes hacer que
tienes, no una, sino mil deudas que satisfacer a la Justicia divina. Humíllate
y pide de plazo para pagarlas el tiempo
que necesitas para oír la Santa Misa, y puedes estar seguro de que
por este medio satisfarás
cumplidamente todas tus deudas. (SANTO TOMÁS, 1.2., q. 102, a. 3, ad 10).
La segunda, satisfacer por los innumerables pecados que hemos cometido.
La tercera, darle gracias por los beneficios recibidos.
2. Primera obligación: alabar y adorar a Dios
La primera obligación que tenemos para con Dios, es la de honrarle. La misma
ley natural nos dicta que todo inferior debe homenaje a su superior; y cuanto
más elevada sea su dignidad, mayores y más profundos deben ser los homenajes
que se le tributen. Resulta, pues, de aquí que, siendo la majestad de Dios
infinita, le debemos un honor infinito. Pero ¡pobres de nosotros! ¿en dónde
encontraremos una ofrenda que sea digna de nuestro Soberano Creador? Dirige una
mira-da a todas las criaturas del universo, y nada verás que sea digno de Dios.
¡Ah! ¿Qué ofrenda podrá ser jamás digna de Dios, sino el mismo Dios? Es
preciso, pues, que Aquél que está sentado sobre su trono en lo más alto de los
cielos, baje a la tierra y se coloque como víctima sobre sus propios altares,
para que los homenajes tributados a su infinita majestad estén en perfecta
relación con lo que ella merece. He aquí lo que se verifica en la Misa: en ella
Dios es tan honrado como lo exige su dignidad, puesto que Dios se honra a sí
mismo. Jesucristo se pone sobre el altar en calidad de víctima, y por este acto
de humillación inefable adora a la Santísima Trinidad tanto como es adorable: y
de tal manera, que todas las adoraciones y homenajes que le tributan las puras
criaturas desaparecen ante este acto de humillación del Hombre-Dios, coma las
estrellas ante la presencia de los rayos del sol.
Cuéntase que un alma santa, abrasada por el fuego del amor de Dios y llena
del deseo de su gloria, exclamaba con frecuencia: "¡Dios mío, Dios mío!
¡Yo quisiera tener tan-tos corazones y lenguas como hojas hay en los árboles,
átomos en los aires y gotas de agua en el mar, para amaros y alabaros tanto
como merecéis! ¡Ah! ¡Quién me diera que yo pudiera disponer de todas las
criaturas para ponerlas a vuestros pies, a fin de que todas se inflamasen de
amor por Vos, con tal que yo os amase más que todas ellas juntas, más aún que
los Ángeles, más que los Santos, más que todo el paraíso!" Un día que ella
se entregaba a estos dulcísimos transportes, oyó la voz del Señor que le decía:
"Consuélate, hija mía; con asistir a una sola Misa con devoción me darás
toda esa gloria que deseas, e infinitamente más todavía".
Oyendo con devoción la Santa Misa, damos a Dios una gloria y honor
infinitos. Confiesa, pues, en medio de tu admiración, que es una verdad
incontestable la proposición arriba enunciada, a saber: que un alma que asiste
a la Santa Misa con devoción, tributa a Dios más gloria que todos los Angeles y
Santos con las adoraciones que le dirigen en el cielo.
3. Segunda obligación: satisfacer a la Justicia divina por los pecados cometidos
No es esto decir que el sacrificio de la Misa borre por sí mismo
inmediatamente nuestros pecados en cuanto a la culpa, como lo hace el
sacramento de la Penitencia; sin embargo, los borra mediatamente, esto es, por
medio de movimientos interiores, de santas inspiraciones, de gracias actuales y
de todos los auxilios necesarios que nos alcanzan para arrepentirnos de
nuestros pecados, ya en el momento mismo en que asistimos a la Misa, ya en otro
tiempo oportuno. Además, Dios sabe cuántas almas se han apartado del cieno de
sus desórdenes en virtud de los auxilios extraordinarios debidos a este Divino
Sacrificio. Advierte aquí que si el sacrificio, en cuanto es propiciatorio, no
aprovecha al que se halla en pecado mortal, siempre le vale como
impetratorio, y por consiguiente todos los pecadores debían oír muchas
Misas, a fin de alcanzar más fácilmente la gracia de su con-versión y perdón.
En cuanto a las almas que viven en estado de gracia, la Santa Misa les
comunica una fortaleza admirable para perseverar en tan dichoso estado, y borra
inmediatamente, según la opinión más común, todos los pecados veniales, con tal
que se tenga dolor general de ellos. Así lo enseña clara y terminante mente SAN
AGUSTÍN. "El que asista con devoción a la Misa, dice este Santo Padre,
será fortalecido para no caer en pecado mortal, y alcanzará el perdón de todas
las faltas leves cometidas anteriormente". Nada hay en esto que deba
admirarse. Según eso, me dirás acaso, bastará oír o hacer celebrar una sola
Misa para pagar las enormes deudas contraídas con Dios por tantos pecados como
hemos cometido, y satisfacer todas las penas por ellos merecidos, toda vez que
la Misa es de un precio infinito, y por ella se ofrece a Dios una satisfacción
infinita. Poco a poco, si te place. — Aunque la mina et peccata etiam ingentia
dimittit". (Sess. 22, c. II)10. Sin embargo, como no tenéis conocimiento
cierto, ni de las disposiciones interiores con que oís la Santa Misa, ni del
grado de satisfacción que le corresponde, debéis tomar el partido más seguro de
asistir a muchas Misas, y asistir con la mayor devoción posible. ¡Dichosos
vosotros, sí, una y mil veces dichosos, si tenéis una gran confianza en la
misericordia de Dios y en este Divino Sacrificio, en donde brilla admirablemente!
¡Dichosos si asistís siempre a la Santa Misa con fe viva y con gran recogimiento!
4. Tercera obligación: Acción de gracias a Dios por los beneficios recibidos
La
tercera obligación que tenemos para con Dios es la de darle gracias por los
inmensos beneficios que debemos a su amor y a su liberalidad. Repasa con tu entendimiento
todos los favores que has recibido de Dios, tanto en el orden de la naturaleza
como en el de la gracia: el cuerpo y sus sentidos, el alma y sus potencias, la salud y la vida, que todo lo debemos a su
infinita bondad. Añade a éstos la misma vida de Jesús, su Hijo, su misma muerte
sufrida por nosotros, y conocerás no tener límites nuestra deuda por sus
innumerables beneficios.
Ahora
bien;¿cómo podremos jamás corresponder debidamente a tantos beneficios? Si la
ley de la gratitud es observada hasta por las fieras, cuya ferocidad natural se
cambia alguna vez en un generoso obsequio a su bienhechor, ¿será esta ley menos
sagrada para los seres dotados de razón y colmados por Dios de tantas gracias? Sin
embargo, nuestra pobreza es tan grande, que no podemos pagar ni el menor de los
beneficios que debemos a su liberalidad, porque el menor de ellos, por lo mismo
que lo recibimos de una mano tan augusta, y que está acompañado de un amor infinito,
adquiere un precio infinito, y nos obliga a un reconocimiento y acción de
gracias igualmente infinito. Mas ¡ay! ¡cuán miserables somos!
Añade
que nuestro Divino Redentor ha instituido este sacrificio principalmente con
este fin; quiero decir, para manifestar a Dios nuestro reconocimiento y darle gracias.
Por eso se le da por antonomasia el nombre de Eucaristía: palabra que significa
acción de gracias. El mismo Salvador nos ha manifestado este designio con el
ejemplo que nos dio en la última Cena, cuando, antes de pronunciar las palabras
de la consagración, dio gracias a su Eterno Padre: Elevatis oculis in coelum,
tibi gratias agens. ¡Oh divina acción de gracias, que nos descubre el fin
sublime por el que fue instituido este adorable Sacrificio! ¡Qué invitación tan
tierna a conformarnos con nuestro Divino Maestro!
Todas
las veces, pues, que asistimos a la Santa Misa, sepamos aprovecharnos de este inmenso
tesoro, y ofrezcámoslo en testimonio de agradecimiento a nuestro Soberano
5. Cuarta obligación: Implorar nuevas gracias
Ya
sabes cuán grandes son tus miserias, así corporales como espirituales, y cuánto
necesitas, por consiguiente, recurrir a Dios para que te asista y no cese de
socorrerte a cada instante, puesto que es el Autor y principio de todo bien, en
el tiempo y en la eternidad. Pero, por otra parte, ¿con qué título y con qué
confianza te atreverías a pedir nuevos beneficios, en vista de la excesiva ingratitud
con que has correspondido a tantos favores que te ha con-cedido, hasta el extremo
de haberlos convertido contra Él mismo para ofenderlo? Sin embargo, no te desanimes,
porque si no eres digno de nuevos beneficios por méritos propios, alguien los
ha merecido para ti. Nuestro buen Salvador ha querido con este fin ponerse
sobre el altar en el estado de Hostia pacífica, o sea un sacrificio
impetratorio, para en él alcanzarnos de su Eterno Padre todo aquello de que
tenemos necesidad. Sí, nuestro dulce y muy amado Jesús, en su calidad de
primero y supremo Pontífice, recomienda en la Misa a su Padre celestial
nuestros intereses, pide por nosotros y se constituye abogado nuestro. Si
supiéramos que la Santísima Virgen unía sus ruegos a los nuestros para alcanzar
del Eterno Padre las gracias que deseamos, ¿qué confianza no tendríamos de ser
escuchados? ¿Qué confianza, pues, y aún qué seguridad debemos experimentar, si
pensamos que el mismo Jesús intercede en la Misa por nosotros, que ofrece su sacratísima
Sangre al Eterno Padre en nuestro favor, y que se hace abogado nuestro?
¡Oh
preciosísima Misa, principio y fuente de todos los bienes! Pero es preciso
profundizar más en esta mina, para descubrir todos los tesoros que encierra.
¡Ah! ¡Qué dones tan preciosos, qué gracias y virtudes nos alcanza la Santa
Misa! En primer lugar, nos proporciona todas las gracias espirituales, todos
los bienes que se refieren al alma, como el arrepentimiento de nuestros
pecados, la victoria en nuestras tentaciones, ya sean exteriores, como las
malas compañías o el demonio, ya sean interiores, como los desórdenes de
nuestra carne rebelde: la Misa nos alcanza los socorros actuales, tan
necesarios para levantarnos, para sostenernos y hacernos adelantar en los
caminos de Dios. La Misa nos obtiene muchas buenas y santas inspiraciones,
muchos saludables movimientos interiores, que nos disponen a sacudir nuestra
tibieza y nos mueven a ejecutar todas nuestras acciones con más fervor, con una
voluntad más pronta, con una intención más recta y pura, lo cual nos
proporciona un tesoro inestimable de méritos, que son otros tantos medios
eficacísimos, para alcanzar la gracia de la perseverancia final, de la que
depende nuestra salvación eterna, y para tener una certeza moral, la mayor
posible en esta vida, de estar predestinados a una feliz eternidad. Además, la
Santa Misa nos alcanza también todos los bienes temporales, en tanto que puedan
contribuir a nuestra salvación, como son la salud, la abundancia de los frutos
de la tierra y la paz; preservándonos a la vez de todos los males que se oponen
a estos bienes, como de enfermedades contagiosas, temblores de tierra, guerras,
hambre, persecuciones, pleitos, enemistades, pobreza, calumnias e injurias: en
suma, de todos los males que son el azote de la humanidad; en una palabra, la
Santa Misa es la llave de oro del paraíso: y cuando nos la da el Padre Eterno,
¿qué bienes podrá rehusarnos? Él, que no perdonó a su propio Hijo, según
expresión del Apóstol San Pablo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo
no nos donó con 21 todos sus bienes? "Qui etiam
proprio
Filio suo non pepercit, sed pro nobis omnibus tradidit ilium: quomodo non etiam
cum illo omnia nobis donavit?"[1]. Ved, pues, con cuánta
razón acostumbraba a decir un virtuoso sacerdote, que aun cuando pidiese a Dios
cualquier favor para sí o para otro, al celebrar la Santa Misa, siempre se le
figuraba que nada pedía, si comparaba las gracias que solicitaba de Dios con la
ofrenda que le hacía. He aquí cuál era su razonamiento. Las gracias y favores
que yo pido a Dios en la Santa Misa, son bienes finitos y creados, mientras que
los dones que yo le presento son increados e inmensos, y por consiguiente, todo
bien pesado, yo soy el acreedor y Dios el deudor. En esta confianza pedía y
alcanzaba muchas gracias del Señor. (Ossor. Conc. 8, t. 4). Ea, pues, ¿cómo no
te despiertas? ¿por qué no pides grandes beneficios? Si quieres seguir mi
consejo, pide a Dios en todas las Misas que haga de ti un gran santo. ¿Te
parece mucho esto? Pues yo creo que no es mucho. ¿No es el mismo divino Maestro
quien nos asegura en su Evangelio, que por un vaso de agua dado por su amor nos
recompensará con el paraíso? ¿Cómo, pues, en retorno de la ofrenda que le acemos
de toda la sangre de su amadísimo Hijo, no nos daría cien paraísos si los
hubiera? ¿Y cómo será posible dudar que no esté dispuesto a concederte todas
las virtudes y la perfección necesaria para llegar a ser santo, y un gran santo
en el cielo? ¡Oh bendita Misa! Ensancha, pues, animosamente tu corazón, y pide
grandes cosas, considerando que te diriges a un Dios que no se empobrece dando,
y que cuanto más le pidas más alcanzarás.
[1] "El que ni aun a su propio Hijo
perdonó, sino que lo entregó por todos nosotros; ¿cómo no nos dará también con
Él todas las cosas?". (Rom. 8, 32). (N. del E.).
6 Por la Santa Misa alcanzamos aun aquellas gracias que no pedimos
.¿Lo creerías? Además de los bienes que pedimos en la Santa Misa, nuestro buen Dios nos concede otros muchos que no pedimos. Así nos lo dice SAN JERÓNIMO con las palabras siguientes: "Sin duda alguna Dios nos concede todas las gracias que le pedimos en la Misa, si nos conviene: y lo que todavía es más admirable, nos concede muy frecuentemente aun aquello que no le pedimos, con tal que por nuestra parte no pongamos obstáculos a su generosidad". "Absque dubio dat nobis Dominus quod in Missa petimus; et quod magis est, saepe dat quod non petimus". (Div. Hieronym.). De esta suerte, bien puede decirse que la Misa es el sol del género humano, que extiende sus rayos sobre buenos y malos, y que no hay en el mundo una sola alma, por perversa que sea, que no saque algún provecho de la asistencia al santo sacrificio de la Misa, y muchas veces sin pensar en ello ni aun hacer súplica alguna. (S. Hier., Cap. cum Mart. de celebr. Miss.).
Escucha
el suceso siguiente, que tuvo lugar en circunstancias bien memorables, según
nos lo refiere SAN ANTONINO, arzobispo de Florencia. Dos jóvenes, bastante libertinos,
salieron juntos un día, a una partida de caza. Uno de ellos había asistido
antes a la Santa Misa, el otro no. Estando ya en camino, se levantó de repente
una violenta tempestad, y en medio de los truenos y relámpagos, oyeron una voz
que clamaba: "¡Hiere, hiere!" y luego cayó un rayo y mató al que no
había oído Misa en aquel día. Aterrado y fuera de sí el compañero, buscaba
dónde salvar su vida, cuando oyó nuevamente la misma voz que repetía:
"¡Hiere, hiere!" Ya el infeliz aguardaba la muerte, que creía
inevitable, mas pronto fue consolado por otra voz que respondió: No puedo, porque oyó en el día de hoy el
Verbum caro factum est". La Misa, pues, a que había asistido aquella
mañana, lo preservó de una muerte tan terrible y espantosa.
¡Ah,
cuántas veces el Señor os ha preservado de la muerte o de muy graves peligros
por virtud de la Santa Misa que habíais oído! SAN GREGORIO EL GRANDE así lo
afirma en su 4º Diálogo: Per auditionem Missae homo liberatur a multis malis et
periculis.15 Es indiscutible, dice este sabio Pontífice, que el que asiste a la
Misa será librado de muchos males y peligros hasta imprevistos. Más aún: según
enseña SAN AGUSTÍN, será preservado de una muerte repentina, que es el golpe
más terrible que los pecadores deben temer de la Justicia divina. He aquí,
pues, conforme a la doctrina del Santo Obispo de Hipona, una admirable
prevención contra el peligro de muerte repentina: oír todos los días la Santa
Misa, y oírla con la mayor atención posible. El que "Escuchando la misa, el hombre se
libra de ¡muchos males y peligros". (N. del E.). tenga cuidado de
prevenirse con esta salvaguardia tan eficaz, puede estar seguro que no le
sucederá tan espantosa desgracia. Hay una opinión singular, que algunos atribuyen a San Agustín, a saber: que mientras
una persona asiste a la Misa no envejece,
sino que, durante este tiempo, se conserva en el mismo grado de fuerza y de
vigor que tenía al principio de la Santa Misa. No me fatigaré por saber si esto
es o no verdad; sin embargo, afirmo que si el que oye Misa envejece en cuanto a
la edad, no envejece en la malicia porque, como dice SAN GREGORIO, el que
asiste a la Santa Misa con devoción, se conserva en la buena vida, crece
constantemente en mérito y en gracia, y adquiere nuevas virtudes que le hacen más
y más agradable a su Dios.
A
todo lo dicho añade SAN BERNARDO que se gana más oyendo una sola Misa con
devoción (entiéndase en cuanto a su valor intrínseco), que distribuyendo todos los
bienes a los pobres y marchando en peregrinación a todos los santuarios más venerados
del mundo. ¡Oh riquezas inmensas de la Santa Misa! Medita atentamente esta verdad:
oyendo o celebrando dignamente una sola Misa, considerado el acto en sí mismo y
con relación a su valor intrínseco, se puede merecer más que si uno dedicase todas
sus riquezas al socorro de los pobres, más que si fuese en peregrinación hasta
el fin del mundo, más que si visitase con la mayor devoción los santuarios de
Jerusalén, de Roma, de Santiago de Galicia, de Loreto y otros. Dedúcese esta
doctrina de lo que enseña el angélico doctor SANTO Tomás, cuando dice:
"Que una Misa encierra todos los frutos, todas las gracias y todos los
tesoros que el Hijo de Dios repartió en su Esposa la Santa Iglesia por medio
del cruento sacrificio de la cruz": In qualibet Missa. ¡Oh, qué
desdichados somos! ¡Cuánto restringimos la esfera de acción del santo sacrificio
de la Misa! ¡Cuánto pierde de su eficacia provechosa por nuestra tibieza, por nuestra
indevoción, y por las escandalosas inmodestias que cometemos asistiendo a ella!
Que no pueda yo colocarme a una elevada altura para hacer oír mi voz en todo el
mundo exclamando: "Pueblos insensatos, pueblos extraviados, ¿qué hacéis?
¿Cómo no corréis a los templos del Señor para asistir santamente al mayor
número de Misas que os sea posible? ¿Cómo no imitáis a los Santos Ángeles,
quienes, según el pensamiento del Crisóstomo, al celebrarse la Santa Misa bajan
a legiones de sus celestes moradas, rodean el altar cubriéndose el rostro con
sus alas por respeto, y esperan el feliz momento del Sacrificio para interceder
más eficazmente por nosotros?" Porque ellos saben muy bien que aquél es el
tiempo más oportuno, la coyuntura más favorable para alcanzar todas las gracias
del cielo. ¿Y tú? ¡Ah! Avergüénzate de haber hecho hasta hoy tan poco aprecio
de la Santa Misa. Pero, ¿qué digo? Llénate de confusión por haber profanado tantas
veces un acto tan sagrado, especialmente si fueses del número de aquéllos que
se atreven a lanzar esta proposición temeraria: Una Misa más o menos poco
importa.
7. La Santa Misa proporciona un gran alivio a las almas del purgatorio
Para
concluir y dar fin a esta instrucción, te haré notar que no sin razón te dije
más arriba, que una sola Misa, considerado el acto en sí mismo, y en cuanto a
su valor intrínseco, bastaría para sacar todas las almas del purgatorio y
abrirles las puertas del cielo. En efecto, la Misa es útil a las almas de los
fieles difuntos, no solamente como Sacrificio satisfactorio, ofreciendo a Dios
la satisfacción que ellas deben cumplir por medio de sus tormentos, sino
también como impetratorio, alcanzándoles la remisión de sus penas. Tal es la
práctica de la Santa Iglesia, que no se limita a ofrecer el sacrificio por los
difuntos, sino que además ruega por su libertad.
A
fin, pues, de excitar tu compasión en favor de estas almas santas, ten entendido
que el fuego en que están sumergidas es tan abrasador, que, según pensamiento
de SAN GREGORIO, no cede en actividad al fuego del infierno, y que, como
instrumento de la divina Justicia, es tan vivo, que causa tormentos insufribles
y más violentos que todos los que han sufrido los Mártires y cuanto el humano entendimiento
puede concebir. Pero lo que más las aflige todavía, es la pena de daño; porque,
como enseña el DOCTOR ANGÉLICO, privadas de ver a Dios, no pueden contener la
ardiente impaciencia que experimentan de unirse a su soberano Bien, del que se
ven constantemente rechazadas.
Entra
ahora dentro de ti mismo, y hazte la siguiente reflexión. Si vieses a tus padres
en peligro de ahogarse en un lago, y que con alargarles la mano los librabas de
la muerte, ¿no te creerías obligado a hacerlo por caridad y por justicia? ¿Cómo
es posible, pues que veas a la luz de la fe tantas pobres almas, quizás las de
tus parientes más cercanos, abrasarse vivas en un estanque de fuego, y rehúses
imponerte la pequeña molestia de oír con devoción una Misa para su alivio? ¿Qué
corazón es el tuyo? ¿Quién podrá dudar
que la Santa Misa alivia a estos pobres cautivos? Para convencerte, basta que
prestes fe a la autoridad de SAN JERÓNIMO. ni te enseñará claramente que, "cuando
se celebra la Misa por un alma del purgatorio, aquel fuego tan abrasador suspende
su acción, y el alma cesa de sufrir todo el tiempo que dura la celebración del Sacrificio".
(S. Hier., c. cum Mart. de celebr. Miss.). El mismo Santo Doctor afirma también
que por cada Misa que se dice, muchas almas salen del purgatorio y vuelan al cielo.
Añade
a esto que la caridad que tengas con los difuntos redundará enteramente en
favor tuyo. Pudiérase confirmar esta verdad con innumerables ejemplos; pero
bastará citar uno, perfectamente auténtico, que sucedió a SAN PEDRO DAMIANO.
Habiendo perdido este Santo a sus padres en la niñez, quedó en poder de uno de
sus hermanos, que lo trató de la manera más cruel, no avergonzándose de que
anduviese descalzo y cubierto de harapos. Un día encontró el pobre niño una
moneda de plata. ¡Cuál sería su alegría creyendo tener un tesoro! ¿A qué lo
destinaría? La miseria en que se hallaba le sugería muchos proyectos; pero
después de haber reflexionado bien, se decidió a llevar la moneda a un
sacerdote para que ofreciese el sacrificio de la Misa para las almas del purgatorio.
¡Cosa admirable! Desde este momento la fortuna cambió completamente en su
favor. Otro de sus hermanos, de mejor corazón, lo recogió, tratándolo con toda
la ternura de un padre. Lo vistió decentemente y lo dedicó al estudio, de
suerte que llegó a ser un personaje célebre y un gran Santo. Elevado a la
púrpura, fue el ornamento y una de las más firmes columnas de la Iglesia. Ve,
pues, cómo una sola Misa que hizo celebrar a costa de una ligera privación, fue
para él principio de utilidades inmensas.
¡Oh,
bendita Misa, que tan útil eres a la vez a los vivos y a los muertos en el tiempo
y en la eternidad! En efecto, estas almas santas son tan agradecidas a sus bienhechores,
que, estando en el cielo, se constituyen allí sus abogadas, y no cesan de interceder
por ellos hasta verlos en posesión de la gloria. En prueba de esto voy a referirte
lo que le sucedió a una mujer perversa que vivía en Roma. Esta desgraciada, habiendo
olvidado enteramente el importantísimo negocio de su salvación, no trataba más
que de satisfacer sus pasiones, sirviendo de auxiliar al demonio para corromper
la juventud. En medio de sus desórdenes todavía practicaba una buena obra, y
era mandar celebrar en ciertos días la Santa Misa por el eterno descanso de las
almas benditas del purgatorio. Efecto de
las oraciones de estas almas santas, como se cree piadosamente, sintióse un día
aquella infeliz mujer sorprendida por un dolor de sus pecados tan amargo, que
de repente, y abandonando el infame lugar donde se encontraba, fue a postrarse
a los pies de un celoso sacerdote para hacer su confesión general. Al poco tiempo
murió con las mejores disposiciones y dando señales las más ciertas de su predestinación.
¿Y a qué podremos atribuir esta gracia prodigiosa, sino al mérito de las Misas
que ella hacía celebrar en alivio de las almas del purgatorio? Despertemos,
pues, del letargo de nuestra indevoción, y no permitamos que los publicanos y
mujeres perdidas se nos adelanten en conseguir el reino de Dios (Mt. 21, 31).
Todavía
no es éste el mayor de los castigos que Dios tiene reservado a los hombres sin
piedad para con sus difuntos: los males más terribles les esperan en la otra vida.
El Apóstol Santiago nos asegura que el Señor juzgará sin misericordia, y con
todo el rigor de su justicia, a los que no han sido misericordiosos con sus
prójimos vivos y muertos: "Iudicium enim sine misericordia illi qui non
fecit misericordiam"17. El permitirá que sus herederos les paguen en la
misma moneda, es decir, que no se cumplan sus últimas disposiciones, que no se
celebren por sus almas las Misas que hubiesen fundado, y, en el caso de que se
celebren, Dios Nuestro Señor, en lugar de tomarlas en cuenta, aplicará su fruto
a otras almas necesitadas que durante su vida hubiesen tenido compasión de los
fieles difuntos. Escucha el siguiente admirable suceso que se lee en nuestras
crónicas, y que tiene una íntima conexión con el punto de doctrina que venimos
explicando. Aparecióse un religioso después de muerto a uno de sus compañeros,
y le manifestó los agudísimos dolores que sufría en el purgatorio por haber
descuidado la oración en favor de los otros religiosos difuntos, y añadió que
hasta entonces ningún socorro había recibido, ni de las buenas obras
practicadas, ni de las Misas que se le habían celebrado para su alivio; porque
Dios, en justo castigo de su negligencia, había aplicado su mérito a otras
almas que durante su vida habían sido muy devotas de las del purgatorio. Antes
de concluir la presente instrucción, permíteme que arrodillado y con las manos
juntas te suplique encarecidamente, que no cierres este pequeño libro sin haber
tomado antes la firme resolución de hacer en lo sucesivo todas las diligencias
posibles para oír y mandar celebrar la Santa Misa, con tanta frecuencia como tu
estado y ocupaciones lo permitan. Te lo suplico, no solamente por el interés de
las almas de los difuntos, sino también por el tuyo, y esto por dos razones:
primera, a fin de que alcances la gracia de una buena y santa muerte, pues
opinan constantemente los teólogos que no hay medio tan eficaz como la Santa
Misa para conseguir este dichoso término. Nuestro Señor Jesucristo reveló a
Santa Matilde, que aquél que tuviese la piadosa costumbre de asistir
devotamente a la Santa Misa, sería consolado en el instante de la muerte con la
presencia de los Ángeles y Santos, sus abogados, que le protegerían contra las
asechanzas del infierno. ¡Ah! ¡Qué dulce será tu muerte si durante la vida has
oído Misa con devoción y con la mayor frecuencia posible!
La
segunda razón que debe moverte a asistir al Santo Sacrificio es la seguridad de
salir más pronto del purgatorio y volar a la patria celestial. Nada hay en el
mundo como las indulgencias y la Santa Misa para alcanzar el precioso favor, la
gracia especial "Su lengua y sus mentiras contra el Señor. (... ) ¡Ay del
alma de ellos!, porque se les retribuyeron sus males". (Is. 3, 8-9). (N.
del E.). 17 "Porque el juicio [será] sin misericordia para el que no usó
de misericordia". (Sant. 2,13). (N. del E.). de ir derechamente al cielo
sin pasar por el purgatorio, o al menos sin estar mucho tiempo en medio de sus
abrasadoras llamas. En cuanto a las indulgencias, los Sumos Pontífices las
concedieron pródigamente a los que asisten con devoción a la Santa Misa.
En cuanto a la eficacia de este Divino Sacrificio para apresurar la libertad de las almas del purgatorio, creemos haberla demostrado suficientemente en las páginas anteriores. En todo caso, y para convencernos de ello, debiera bastar el ejemplo y autoridad del VENERABLE JUAN DE ÁVILA. Hallábase en los últimos instantes de su vida este gran Siervo de Dios, que fue en su tiempo el oráculo de España, y preguntado qué era lo que más ocupaba su corazón, y qué clase de bien sobre todo deseaba se le proporcionase después de su muerte. "Misas, respondió el Venerable moribundo, Misas, Misas"18. Sin embargo, si me lo permites, te daré con este motivo y de muy buena gana, un consejo que creo importantísimo, y es: que durante tu vida, y sin confiar en tus herederos, tengas cuidado de hacer que se celebren aquellas Misas que desearías se celebrasen después de tu muerte, y tanto más, cuanto que SAN ANSELMO nos enseña que una sola Misa oída o celebrada por las necesidades de nuestra alma mientras vivimos, nos será más provechosa que mil celebradas después de nuestra muerte.
MÉTODO PARA OÍR CON FRUTO LA SANTA MISA
1, Disposiciones generales con que se debe asistir al santo sacrificio de la Misa
Ve
a la iglesia como si fueses al Calvario, y permanece en presencia de los
altares como si estuvieses delante del trono de Dios y acompañado de los santos
Ángeles. Considera ahora cuáles deben ser tu modestia, tu atención y respeto,
si quieres recoger de los misterios divinos los frutos y beneficios que Dios se
digna conceder a los que asisten a ellos con un exterior devoto y sentimientos
religiosos.
Pues
bien; si tanta era la veneración con que se celebraban estos sacrificios que,
al fin, no eran más que una sombra y simple figura del nuestro, ¿con qué
respeto, con qué devoción y religioso silencio no debemos asistir a la
celebración de la Santa Misa, en que el Cordero sin mancha, el Verbo Divino se
inmola por nosotros? Muy bien lo comprendía SAN AMBROSIO. Cuando celebraba el
Santo Sacrificio, según refiere Cesáreo, y concluido el Evangelio, se volvía al
pueblo, y después de haber exhortado a los fieles a un recogimiento profundo,
les ordenaba que guardasen el más riguroso silencio, y así consiguió que no
solamente pusiesen un freno a su lengua, no pronunciando la menor palabra,
sino, lo que aún es más admirable, que se abstuviesen de toser y de moverse con
ruido. Estas prescripciones se cumplían con exactitud, y por eso todos los que asistían
a la Santa Misa sentíanse como embargados de un santo temor y profundamente conmovidos,
de manera que conseguían muchos frutos y aumento de gracia.
2. Métodos
diferentes para oír la Santa Misa. Primero y segundo
El segundo método para asistir con fruto a la Santa Misa se practica no por medio de la lectura, ni aun durante el tiempo del Sacrificio, sino contemplando con los ojos de la fe a Jesucristo clavado en la cruz, a fin de recoger en una dulcísima contemplación los frutos preciosos que caen de ese árbol de vida. Se emplea, pues, todo el tiempo de la Santa Misa en un profundo recogimiento interior, ocupándose en considerar espiritualmente los divinos misterios de la Pasión y muerte del Salvador, que no solamente se representan, sino que también se reproducen místicamente sobre el altar. Los que siguen este método es indudable que, si tienen cuidado de conservar unidas a Dios las potencias de su alma, lograrán ejercitarse en actos de fe, esperanza, caridad y de todas las virtudes. Esta manera de oír Misa es más perfecta que la primera, y al mismo tiempo más dulce y más suave, según lo experimentó un santo religioso lego, el cual acostumbraba decir que oyendo Misa no leía más que tres letras. La primera era negra, a saber, sus pecados, cuya consideración le inspiraba afectos de dolor y arrepentimiento, y éste era el punto de su meditación desde el principio de la Misa hasta el Ofertorio. La segunda era encarnada, a saber, la Pasión del Salvador, meditándola desde el Ofertorio hasta la Comunión, sobre la preciosísima Sangre que Jesús derramó por nosotros y la muerte cruel que sufrió en el Calvario. La tercera letra era blanca, a saber, la Comunión espiritual, que jamás omitía en el momento que comulgaba el sacerdote, uniéndose de todo corazón a Jesús, oculto bajo las especies sacramentales; después de lo cual permanecía abismado en su Dios y en la consideración de la gloria, que esperaba como fruto de este Divino Sacrificio. Este pobre religioso, a pesar de no tener instrucción, oía la Misa de una manera muy perfecta, y yo quisiera que todos aprendiesen en su escuela una ciencia tan profunda.
1. Tercer
método de oír la Santa Misa
El
tercer método para asistir con fruto al santo sacrificio de la Misa tiene la preferencia
sobre los anteriores. No exige lectura de un gran número de oraciones vocales
como el primero, ni requiere un espíritu contemplativo como se necesita para seguir
el segundo. Sin embargo, si bien se considera, es el más conforme al espíritu
de la Iglesia, cuyos deseos son que los fieles estén unidos
a los sentimientos del sacerdote. Éste debe ofrecer el Sacrificio por los
cuatro fines indicados en la instrucción precedente (n° 8), por
cuanto éste es el medio más eficaz de cumplir con las cuatro obligaciones que
tenemos contraídas con Dios. Por consiguiente, y puesto que cuando asistes a la
Misa desempeñas en cierta manera las funciones de sacerdote, debes dedicarte
del mejor modo posible a la consideración de los cuatro fines indicados,
lo cual te será muy fácil por medio de los cuatro ofrecimientos que voy a
presentarte. He aquí el método reducido a la práctica. Toma este pequeño libro
hasta aprender de memoria estos ofrecimientos, o a lo menos hasta penetrarte
bien de su sentido, pues no se necesita sujetarse a las palabras. Luego que
comience la Misa y cuando el sacerdote, humillándose en las gradas del altar,
rece el Confiteor, haz un
breve examen de tus pecados, excítate a un acto de verdadera contrición,
pidiendo humildemente al Señor que te perdone, e implora los auxilios del
Espíritu Santo y la protección de la Virgen Santísima para oír la Misa con todo
el respeto y devoción posible. En seguida, y para cumplir sucesivamente
con las cuatro importantísimas obligaciones de que te he hablado, divide la
Misa en cuatro partes, lo que podrás hacer del modo siguiente:
En
la primera parte, desde el principio hasta el Evangelio, satisfarás la primera deuda,
que consiste en adorar y alabar la majestad de Dios, que es
infinitamente digna de honores y alabanzas. Para esto humíllate profundamente
con Jesucristo, abísmate en la consideración de tu nada, confiesa sinceramente
que nada eres delante de aquella inmensa Majestad, y humillado con alma y
cuerpo (pues en la Misa debe guardarse la postura más respetuosa y modesta),
dile: "¡Oh Dios mío! yo os adoro y reconozco por mi Señor y
dueño de mi alma y vida: yo protesto que todo lo que soy y cuanto tengo lo debo
a vuestra infinita bondad. Bien sé que vuestra soberana Majestad merece un
honor y homenajes infinitos; pero yo soy un pobrecillo impotente para pagar
esta inmensa deuda, por tanto os presento las humillaciones y homenajes que el
mismo Jesús os ofrece sobre este altar. "Yo quiero hacer lo mismo que hace
Jesús: yo me abato con Jesús, y con Jesús me humillo delante de vuestra suprema
Majestad. Yo os adoro con las mismas humillaciones de mi Salvador. Yo me
regocijo y me felicito de que mi Divino Jesús os tribute por mí honores y
homenajes infinitos". Aquí cierra el libro, y continúa
excitándote interiormente a iguales actos. Regocíjate de que Dios sea honrado
infinitamente, y en algún intermedio repite una y muchas veces estas palabras: "Sí,
Dios mío, inefable es mi gozo por el honor infinito que vuestra Divina Majestad
recibe de este augusto Sacrificio. Me complazco y alegro cuanto sé y cuanto
puedo". No te empeñes con afán en repetir a la letra
estas mismas palabras: emplea libremente las que tu piedad te sugiera. Sobre
todo procura conservarte en un profundo recogimiento y muy unido a Dios. ¡Ah!
¡qué bien satisfarás a Dios de esta manera tu primera deuda!
Satisfarás
la segunda desde el Evangelio hasta la elevación de la Sagrada Hostia,
y dirigiendo una mirada a tus pecados, y considerando la
inmensa deuda que has contraído con la divina Justicia, dile con un corazón
profundamente humillado: "He ahí, Dios mío, a este traidor que tantas
veces se ha rebelado contra Vos. ¡Ah! Penetrado de dolor, yo abomino y detesto
con todo mi corazón todos los gravísimos pecados que he cometido. Yo os
presento en su expiación la satisfacción infinita que Jesucristo os da sobre el
altar. Os ofrezco todos los méritos de Jesús, la sangre de Jesús y al mismo
Jesús, Dios `y hombre verdadero, quien en calidad de víctima, se digna todavía
renovar su sacrificio en mi favor. Y puesto que mi Jesús se constituye sobre
ese altar mi abogado y mediador, y que por su preciosísima Sangre os pide
gracia para mí, yo uno mi voz a la de esta Sangre adorable, e imploro el perdón
dé todos mis pecados. La sangre de Jesús está gritando misericordia, y
misericordia os pide mi corazón arrepentido. ¡Oh Dios de mi
corazón! Si no os enternecen mis lágrimas, dejaos ablandar por los tiernos gemidos de mi Jesús.
Él alcanzó en la cruz gracia para todo el humano linaje, ¿y no la obtendrá para
mí desde ese altar? Sí, sí; yo espero que por los méritos de su Sangre preciosa
me perdonaréis todas mis iniquidades, y me concederéis vuestra gracia para
llorarlas hasta el último suspiro de mi vida". Enseguida, y
habiendo cerrado el libro, repite estos actos con una viva y profunda
contrición. Da rienda suelta a los afectos de tu alma, y sin articular palabra,
dirás a Jesús de lo íntimo de tu corazón: "¡Mi muy amado
Jesús! Dadme las lágrimas de San Pedro, la contrición de la Magdalena y el dolor
de todos los Santos, que de pecadores se convirtieron en fervorosos penitentes,
a fin de que, por los méritos del Santo Sacrificio, alcance el completo perdón
de todos mis pecados". Reitera estos mismos actos en un
perfecto recogimiento, y vive seguro de que así satisfarás completamente todas
las deudas que por tus pecados hubieres contraído con Dios.
En
la tercera parte, es decir, desde la elevación del cáliz hasta la Comunión, considera
los innumerables beneficios de que has sido colmado. En cambio,
ofrece al Señor una víctima de precio infinito, a saber: el Cuerpo y la Sangre
de Jesucristo. Convida también a los Ángeles y Santos a dar gracias a Dios por
ti, diciendo estas o parecidas palabras: "Vedme aquí,
Dios de mi corazón, cargado con el enorme peso de una inmensa deuda de gratitud
y reconocimiento a todos los beneficios generales y particulares de que me habéis
colmado, y de los que estáis dispuesto a concederme en el tiempo y en la eternidad.
Confieso que vuestras misericordias para conmigo han sido y son infinitas; sin
embargo, estoy pronto a pagaros hasta el último óbolo. En satisfacción de todo
lo que os debo, os presento por las manos del sacerdote la Sangre divina, el
cuerpo adorable y la víctima inocente que está colocada sobre este altar. Esta
ofrenda basta (seguro estoy de ello) para recompensar todos los dones que me
habéis concedido; siendo como es de un precio infinito, vale ella sola por
todos los que he recibido y puedo recibir de Vos.
"Ángeles
del Señor, y vosotros, dichosos moradores del cielo, ayudadme a dar gracias a
mi Dios, y ofrecedle en agradecimiento por tantos beneficios, no solamente esta
Misa a que tengo la dicha de asistir, sino también todas las que en este
momento se celebran en todo el mundo, a fin de que por este medio satisfaga yo
a su ardiente caridad por todas las mercedes que me ha hecho, así como por las
que está dispuesto a concederme ahora y por los siglos de los siglos.
Amén". ¡Con qué dulce complacencia recibirá
este Dios de bondad el testimonio de un agradecimiento tan afectuoso! ¡Cuán satisfecho
quedará de esta ofrenda que, siendo de un precio infinito, vale más que todo el
mundo! A fin, pues, de excitar más y más en tu corazón estos piadosos
sentimientos, convida a toda la corte celestial a dar gracias a Dios en tu
nombre. Invoca a todos los Santos a quienes tienes particular devoción, y con
toda la efusión de tu alma dirígeles la siguiente plegaria: "¡Oh
gloriosos bienaventurados e intercesores míos cerca del trono de Dios! Dad
gracias por mí a su infinita bondad, para que no tenga la desventura de vivir y
morir siendo ingrato. Suplicadle se digne aceptar mi buena voluntad, y tener en
consideración las acciones de gracias, llenas de amor, que mi adorable Jesús le
tributa por mí en ese augusto Sacrificio". No te contentes con
manifestar una sola vez estos sentimientos: repítelos a intervalos, en la firme
seguridad de que por este medio satisfarán plenamente tan inmensa deuda. A este
fin harás muy bien en rezar todos los días algún Acto de ofrecimiento, para
ofrecer a Dios en acción de gracias, no solamente todas tus acciones, sino
también las Misas que se celebran en todo el mundo.
10.
En la cuarta parte, desde
la Comunión hasta el fin, mientras que el sacerdote comulga
sacramentalmente, harás la Comunión espiritual de la
manera que te explicaré al terminar este capítulo. Dirige en seguida tus
miradas a Dios Nuestro Señor que está dentro de ti, y anímate
a pedir muchas gracias. Desde el momento en que Jesús se une a ti,
Él es quien ruega y suplica por— ti. Ensancha, pues, el corazón, y no te límites
a pedir solamente algunos favores: pide muchas, muchísimas gracias, porque el ofrecimiento
de su Divino Hijo, que acabas de hacerle, es de un precio infinito. Por consiguiente,
dile con la más profunda humildad: "¡Oh Dios de mi
alma! Me reconozco indigno de vuestros favores: lo confieso sinceramente, así
como también que no merezco el que me escuchéis, atendida la multitud y
enormidad de mis faltas. Pero, ¿podréis rechazar la súplica que vuestro
adorable Hijo os dirige por mí sobre ese altar, en que os ofrece por mí su Sangre y su vida?
¡Oh Dios de infinito amor! Aceptad los ruegos del que aboga en favor mío cerca
de vuestra Divina Majestad!; y en atención a sus méritos concededme todas
las gracias que sabéis necesito para llevar a feliz término el negocio
importantísimo de mi eterna salvación. Ahora más que nunca me atrevo a implorar
de vuestra infinita misericordia el perdón de todos mis pecados y la
gracia de la perseverancia final. Además, y apoyándome siempre en las súplicas
que os dirige mi amado Jesús, os pido por mí mismo, ¡oh Dios de bondad
infinita! todas las virtudes en grado heroico, y los auxilios más eficaces para
llegar a ser verdaderamente santo. Os pido también la conversión de los
infieles, de los pecadores, y en particular de aquéllos a quienes estoy unido
por los lazos de la sangre, o de relación espiritual. Imploro además la
libertad, no de una sola alma, sino la de todas las que en este momento están detenidas
en la cárcel del purgatorio. Dignaos, Señor, concedérsela a todas, y haced quede
vacío ese lugar de dolorosa expiación. En fin, ojalá que la eficacia de este
Divino Sacrificio convirtiera este mundo miserable en un paraíso de delicias
para vuestro Corazón, donde fueseis amado, honrado y glorificado por todos los
hombres en el tiempo, para que todos fuésemos admitidos a bendeciros y alabaros
en la eternidad. Así sea".
Pide sin temor,
pide para ti, para tus amigos, parientes y demás personas queridas. Implora la
asistencia de Dios en todas tus necesidades espirituales y temporales. Ruega también
por las de la Santa Iglesia, y pide al Señor que se digne librarla de los males
que la afligen y concederle la plenitud de todos los bienes. Sobre todo no ores
con tibieza, sino con la mayor confianza; y está seguro de que tus
súplicas, unidas a las de
Jesús,
serán escuchadas.
Concluida
la Misa practica el siguiente acto de acción de gracias, diciendo: "Os
damos gracias por todos vuestros beneficios, oh Dios todopoderoso, que vivís y
reináis por los siglos de los siglos. Así sea".
Saldrás
de la iglesia con el corazón tan enternecido como si bajases del Calvario.
1. Modo de hacer la Comunión espiritual
Dejamos
dicho que el que asiste a la Santa Misa no debe omitir la Comunión espiritual
cuando el sacerdote comulga. Réstanos ahora explicar el modo de hacerlo. Según
la doctrina del Santo CONCILIO DE TRENTO, hay tres clases de
Comunión: la primera meramente sacramental; la segunda puramente espiritual,
y la tercera sacramental y espiritual a la vez. No se
trata aquí de la primera, que consiste en comulgar en realidad, pero en pecado
mortal, a imitación del traidor Judas; tampoco hablamos de la tercera, que es
la que practican todos los fieles cuando reciben a Jesucristo en estado de
gracia. Trátase únicamente de la segunda, que se reduce -según las palabras del
mismo Concilio-, a un ardiente deseo de alimentarse con este Pan celestial,
unido a una fe viva que obra por la caridad, y que nos hace participantes de
los frutos y gracias del Sacramento. En otros términos: los que no pueden
recibir sacramentalmente el Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo, lo
reciben espiritualmente haciendo actos de fe viva y de caridad
fervorosa, con un ardiente deseo de unirse al soberano Bien, y por este medio
se disponen a participar de los frutos de este Divino Sacramento. Considera
bien lo que voy a decir para facilitarte una práctica que tantas utilidades
proporciona. Cuando el sacerdote va ya a comulgar, estando con gran recogimiento
interior y exterior, modestia y compostura, excita en tu
corazón un verdadero dolor de los pecados, y date golpes de pecho para
significar que te reconoces indigno de la gracia de unirte a Jesucristo.
Después ejercítate en actos de amor, de ofrecimiento, de humildad y demás
que acostumbras hacer al acercarte a la Sagrada Mesa, añadiendo a esto
el más ardiente y fervoroso deseo de recibir a Jesucristo,
que, por tu amor, está real y verdaderamente presente en el augusto Sacramento.
Para avivar más y más tu devoción, figúrate que la Santísima Virgen, o tu Santo
Patrón, te presenta la Sagrada Hostia, y que tú la recibes en realidad y como
si abrazaras estrechamente a Jesús en tu corazón, y repite una y muchas veces
en tu interior estas palabras dictadas por el amor: "Venid
¡Jesús mío! mi vida y mi amor, venid a mi pobre corazón; venid y colmad mis
deseos; venid y santificad mi alma; venid a mí, ¡dulcísimo Jesús! Venid".
Permanece después en silencio, contempla a tu Dios dentro de ti mismo; y como si hubieses
comulgado realmente, adórale, dale gracias y haz todos los actos que se acostumbran
después de la Sagrada Comunión. Ten por cierto, amado lector, que esta Comunión
espiritual, tan descuidada por los cristianos de nuestros días, es, sin embargo
un verdadero y riquísimo tesoro que llena el alma de bienes infinitos;
y, según opinión de muchos y muy respetados autores, -entre otros el P.
RODRÍGUEZ, en su obra De la perfección cristiana-, la Comunión
espiritual es tan útil, que puede causar las mismas gracias y aun mayores que
la Comunión sacramental. En efecto, aunque la recepción real de la
Sagrada Eucaristía produzca por su naturaleza más fruto, puesto que, siendo sacramento,
obra por su propia virtud; puede no obstante suceder que un alma
deseosa de su perfección haga la Comunión espiritual tan humildemente, con
tanto amor y devoción, que merezca más a los ojos de Dios que otro comulgando
sacramentalmente, pero con menor preparación y fervor. Se
conoce cuánto agrada a Jesucristo esta Comunión espiritual, en que
muy frecuentemente se ha dignado escuchar -por medio de patentes milagros-, los
piadosos suspiros de sus servidores, unas veces dándoles por sus propias manos
la Comunión sacramental, como a Santa Clara de Montefalco, a Santa Catalina de
Sena y a Santa Ludovina; otras por manos de los Ángeles, como a mi Seráfico
Doctor San Buenaventura, y a los obispos Honorato y Fermín, y alguna vez también
por el ministerio de la augusta Madre de Dios, que por su misma mano dio la Sagrada
Comunión al Beato Silvestre. Rasgos tan tiernos por parte de Dios no deben asombrarte,
si consideras que la Comunión espiritual inflama las almas en el fuego de un
santo amor, las une a Dios y las dispone a recibir las más señaladas gracias.
¿Y será posible que tantas utilidades no te causen alguna impresión y continúes
siempre en tu indiferencia e insensibilidad? ¿Qué excusa podrás alegar desde
ahora para descuidar todavía una práctica tan útil y tan santa? Resuélvete,
pues, de una vez a servirte de ella frecuentemente, advirtiendo que la Comunión
espiritual tiene sobre la sacramental la ventaja de
que ésta no puede recibirse más que una vez al día, mientras que aquélla se puede
renovar, no solamente en todas las Misas a que asistas, sino también en todas
las horas del día; de mañana y tarde, por el día y por la noche, en la iglesia
y en tu aposento, sin que para esto necesites el permiso de tu confesor; en una
palabra, cuantas veces practiques lo que acabo de prescribirte, otras tantas
harás la Comunión espiritual, y enriquecerás tu alma de gracias, de méritos y
de toda clase de bienes. Tal es el objeto de este opúsculo: inspirar
a cuantos lo lean un santo deseo de introducir en el mundo católico la piadosa
costumbre de oír todos los días la Santa Misa con una sólida piedad y verdadera
devoción, haciendo en ella siempre la Comunión espiritual.
¡Ah,
qué dicha si pudiera conseguirse! Entonces se vería reflorecer en todo el mundo
aquel fervor tan admirable de los felices siglos de la primitiva Iglesia en que
los cristianos recibían diariamente la Divina Eucaristía asistiendo al Santo
Sacrificio. Si no eres digno de recibir a Dios tan a menudo, procura
a lo menos oír todos los días la Santa Misa y hacer en ella la Comunión
espiritual. Si yo lograse persuadirte de esta piadosa práctica,
creería haber ganado todo el mundo, y tendría la dulce satisfacción de haber empleado
bien el tiempo y mis trabajos. Y a fin de echar por tierra todas las excusas
que acostumbran alegar los que pretenden dispensarse de asistir a la Misa,
pondré en el capítulo siguiente varios ejemplos adaptados a toda clase de
personas, para que todos comprendan que si se privan de un tan gran tesoro,
esto nace, o bien de su negligencia, o bien de su tibieza y repugnancia a todas
las obras de piedad, por cuyas causas les esperan amargos remordimientos para
la hora de la muerte.
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